lunes, 4 de octubre de 2010

Pasaje a la India... con billete de vuelta- Noveno día

Abandonamos Deogarth a la mismo hora de siempre (las 8 de la mañana) y tan discretamente como llegamos. Tardamos algunas horas en llegar a nuestro próximo destino, el templo de Eklingji, donde nos estaba esperando el mismo guía que el día anterior. Situado a 22 kilómetros al noroeste de Udaipur, se trata de un complejo de templos dedicados a Shiva y todavía en funcionamiento. Es por ese motivo por lo que está completamente prohibido hacer fotos (menos mal que en el exterior un señor se encarga de venderlas a buen precio).

Como en los otros templos de la India, para entrar debes descalzarte, y del mismo modo como en Ranakpur, está prohibido terminantemente llevar nada de cuero.

Una vez dentro vimos como los creyentes hacían sus ofrendas (el guía hizo una en nuestro nombre) y como unos señores, sentados en un rincón del templo principal, elaboran unas pequeñas cositas negras. Mi curiosidad me llevó a preguntar al guía qué era aquello y se apresuró a explicarme que hacían pequeños lingams, es decir, pequeños falos de Shiva, su símbolo y muy venerado. También nos llama la atención una imagen de Shiva de cuatro caras, tallada en mármol negro. Ya en el patio el guía local nos comentó también que los fieles acostumbran a coger el agua que sale por un conducto después de haber lavado las imágenes sagradas, se la pasan por la cabeza y luego la beben. No es una broma. Lo he visto hacer. Allí nadie tiene miedo a los microbios al parecer.

El templo de Nagda, a pocos minutos en autobús, está abandonado. En realidad se trata de un conjunto de templos, algunos destruidos, dedicados al dios Visnú. Están también ricamente adornados y destacan las escenas amorosas, que recuerdan un poco a las de Khajuraho, y las del Ramayana, uno de los textos más famosos de la India.

Al estar abandonados no tenemos problemas para entrar en los templos con zapatos y hacer fotos.

Llegamos al hotel de Udaipur a las 13.30 y nos fuimos directamente a comer por nuestra cuenta al restaurante del hotel, donde nos dan por unos 16 euros uno de los mejores buffets del viaje. Sobre todo merece la pena destacar un pastel de patata relleno de carne que estaba buenísimo y no picaba nada. Los postres tampoco tenían nada que desmerecer.

Por la tarde cogimos un rickshaw y fuimos al centro. Para llegar lo más fácil es decir que quieres ir al City Palace pero ojo con los timadores. No es extraño que te quieran cobrar más de la cuenta o que si no les conviene lo que quieres darles te hagan subir en el tuc tuc de otro compañero.

Una de las atracciones turísticas de la ciudad de Udaipur, quizás una de las más limpias que visitamos, es coger un barquito para dar un paseo por el lago Pichola. Debéis tener mucho cuidado también con los vendedores de los tickets pues no dudarán en intentar que cojáis un barco a la hora que ellos dispongan y que paguéis más. Mirad bien la hoja de precios, analizadla y coged el que os parezca más económico. Por mi parte cogí uno que daba una vuelta por el lago de una hora por 200 rupias. Ojo también con todo el que se os acerque contándoos algo. En mi caso nos acercó un tipo que hablaba un español casi perfecto con la excusa de echarnos una mano en la compra de los billetes del barco. Y ya que estaba nos dijo que en cuatro días se iba a Barcelona y a Bilbao porque iban a exponer un trabajo de tejido de su abuela. Aprovechando que faltaba un poco para la hora de la salida del barco nos dijo si queríamos ir a ver el trabajo de la abuela y ¿quién le dice que no?. Fuimos con él, vimos el famoso tejido y ya puestos se encargó de ofrecernos diversos productos de su tienda. A día de hoy aún me pregunto a cuánta gente le habrá dicho la excusa de la abuela para atraerles a su tienda. En fin... Acabamos huyendo de él como alma que lleva el diablo y nos fuimos a callejear un poco. En nuestro paseo nos encontramos varios toros (uno que acabó acorralándome) y hasta un elefante.

El recorrido por el lago vale mucho la pena. Se puede ver toda la estampa del City Palace, el palacio más grande del Rajasthán, el Jag Niwas (también conocido como Lake Palace, residencia real de verano, hoy hotel de lujo y donde se filmó Octopussy) y el Jag Mandir, otro bello palacio que dicen que fue unas de las inspiraciones para el Taj Mahal. El tipo del cuento de la abuela nos dijo que esa noche allí se celebraba la boda del hijo del marahajá de no sé dónde. Por supuesto, otra mentira. También desde el lago se veía el hotel Oberoi, uno de los más lujosos de la ciudad y que pertenece a la misma cadena que el que nosotros ocupábamos, y parte del nuestro, el hotel Trident.

Pasaje a la India... con billete de vuelta- Octavo día

La salida del hotel fue a la misma hora de siempre, a las 8, en dirección esta vez a Ranakpur. Tardamos en llegar (con la parada técnica incluida) unas cuatro horas. Por cierto, cuando paramos para hacer pis aproveché para comprar unas barritas de incienso de coco y de rosa con vainilla para regalar y para mí una falda y un sari. Sí, me compré un vestido tradicional indio que más o menos he aprendido a ponerme. En general consiste en un pedazo de tela de varios metros que se enrolla al cuerpo y se mete en una combinación. Por suerte el mío ya lleva una falda más o menos montada, lo que facilita las cosas.

El templo de Ranakpur, uno de los más hermosos de la India, está emplazado en un valle en medio de los montes Aravali. El edificio más importante es el majestuoso Adinath Temple, considerado como uno de los cinco lugares sagrados de la religión jainista. Los jainistas son muy estrictos en algunos templos con sus visitantes y Ranakpur no es una excepción. Así debemos tener en cuenta que está prohibido entrar con nada de cuero, con tabaco y las mujeres que estén con la regla. Esta medida es la única que no he visto cómo aplican pero sí las otras, con estrictos controles de seguridad a la entrada. Por supuesto debemos entrar descalzos y con las rodillas cubiertas.

El templo principal, como dije ya bellísimo y construido en mármol blanco, se articula en torno a una capilla central elevada en la que se guarda una imagen de Adinath, a la que no se puede hacer fotos y donde no podemos subir los turistas. Tiene numerosas columnas finamente talladas y cúpulas muy bellas. Una de esas columnas está torcida (no es difícil encontrarla) y se dice que el arquitecto afirmó por ello que sólo Dios es perfecto. Torcida o no todo el conjunto es muy armonioso y bello. En total hay 1444 columnas, todas ellas esculpidas con motivos diferentes, en el templo jainista más grande de la India.

Después de la visita fuimos a comer (incluido). En un pequeño buffet comí arroz blanco con piña, queso de varios tipos, pasta, pasteles y una especie de nata que estaba muy buena. Ya por la tarde seguimos nuestro camino hasta Deogarth atravesando la montaña. El paisaje ha cambiado radicalmente con respecto a los días anteriores. Y es que hemos abandonado la zona del desierto para adentrarnos en las proximidades del monte Aravali. Y nuevamente algunos monos nos acompañan por el camino.

Al llegar al pueblo, que ya desde el bus se nos antoja pequeño, nos hacen abandonarlo para coger una especie de jeeps en absoluto discretos con los que llevarnos al hotel. Recorremos con ellos todo Deogarth y a día de hoy no creo que hubiera alguien que no se hubiera percatado de nuestra presencia.

El Deogarth Mahal, situado en lo alto de la población, es un palacio del siglo XVII que, como otros en la India, ha sido reconvertido por su dueño en un hotel aunque sin abandonar en parte la decoración del hotel. Es normal ver por todas partes fotografías de la familia, incluso en las habitaciones.

Mi habitación estaba en lo alto del palacio y tenía una pequeña terraza por detrás, además de la delantera común, por lo que se disfrutaba de buenas vistas. A pesar de que no tiene el lujo de otros hoteles, resulta acogedor y suficiente para una noche.

Aprovechando que aún quedaba un buen rato para cenar, dimos una vuelta por el pueblo, haciendo el camino que hicimos al llegar pero en sentido inverso. Está lleno de tiendas por todas partes que cierran bastante temprano y a las afueras se ve un templo y un pequeño lago.

Por cierto, en mi paseo una chica del pueblo me llamó la atención por mi ropa (un vestido por la rodilla, sin mangas y atado en la nuca). Según ella debía vestir sari como ellas e ir bien tapada. Es una constante en ese país; las mujeres te regañan y a los hombres se les salen los ojos de las órbitas.

Pasaje a la India... con billete de vuelta- Séptimo día

Salimos del hotel a las ocho de la mañana para ir hacia Jodhpur. Tardamos en llegar casi cinco horas con una parada en medio para estirar las piernas y para hacer lo que el guía de un viaje a Alemania llamaba “parada técnico hidráulica”. Llegamos, pues, al hotel casi a la una y casi sin pisar las habitaciones nos fuimos directos al comedor porque salíamos a las tres para hacer una visita.

En el restaurante pude darme cuenta de lo lentos que son los indios para servirte porque nunca he esperado tanto por una pizza. Eso sí, en su favor diré que me dejaron escoger los ingredientes (tomate, champiñones y jamón) y que era enorme, tanto que creí que iba a ser incapaz de comerme las dos enormes bolas de helado de chocolate que me trajeron después.

A la hora prevista salimos, acompañados de un guía local, para hacer la visita a la ciudad. En primer lugar subimos una montaña hasta llegar al Jaswant Thada, el cenotafio del maharajá Jaswant Singh II que reinó a finales del siglo XIX. Es curioso que a día de hoy todavía se siga creyendo que el rey tenía poderes curativos y se le siga venerando como si fuera un dios. Lo único (y ojo, es importantísimo) que hizo el buen hombre fue ordenar construir innovadores sistemas de irrigación.

El edificio, de un mármol blanco inmaculado y traslúcido en algunos puntos, está lleno de retratos de los marahajás y destaca una especie de altar con la imagen de Jaswant Tada donde se le dejan las ofrendas. Un aviso a los visitantes. Al tratarse de una persona venerada, para penetrar en el templo uno debe descalzarse. Y se debe hacer ya antes de empezar a subir las escaleras. Quien avisa no es traidor. Resbala muchísimo.
Alrededor del edificio principal se alzan los crematorios de esposas, concubinas y sucesores así como del mismísimo Jaswant Thada.

Más tarde continuamos la ascensión a la colina para llegar al Fuerte Mehrangarth. Se dice de él, quizás por su situación sobre un peñasco de 125 metros de altura, que es el más majestuoso de Rajasthan. Desde luego es impresionante e incluso el famoso escritor Rudyard Kipling habría quedado atrapado por su belleza pues dijo de él “obra de ángeles, hadas y gigantes”. Fue mandado construir por Rao Jodha a mediados del siglo XV en piedra arenisca y ampliado con posterioridad. Admiramos las numerosas salas así como las imponentes murallas. Para subir desde la entrada lo hicimos en un ascensor (quizás algo pequeño para la cantidad de visitantes) y bajamos caminando. En uno de los patios se conserva el Shringar Chowk, el trono de mármol blanco donde se han coronado a los maharajás. No dista demasiado de los otros tronos que hemos podido ver pero eso no quita su belleza.

El fuerte es un museo en sí mismo y la visita es más que obligada. Por cierto, si el visitante se fija bien en el suelo podrá ver las ranas (o sapos) más pequeños que haya visto en su vida en un número muy abundante.

A lo lejos por el camino pudimos intuir el Umaid Bhavan Palace, un inmenso palacio de arenisca rosada y crema, mandado construir por el maharajá Umaid Singh en 1929 (dicen que para dar trabajo a la población en época de hambrunas). Un descendiente suyo todavía vive en una zona del palacio mientras el resto (como en muchas partes de la India) se ha dedicado a museo y a hotel de lujo.

Desde el fuerte nos trasladamos a la cercana Mandore, a unos 9 kilómetros al norte de lan ciudad. Mandore fue la capital de los reyes de la zona hasta el siglo XV, cuando Rao Jodha decidió trasladarla a Jodhpur. Allí se conservan los rojizos cenotafios de los primeros gobernantes así como una galería de deidades y héroes, 15 estatuas de tamaño natural labradas en la roca y coloreadas. Pero sin duda lo que a todos nos llamó más la atención fue la infinidad de monos que habitan allí en completa libertad. Perqueños, medianos y grandes campan a sus anchas, te miran al pasar y comen lo que cogen o lo que les den mientras descansan en los bancos de piedra o en el suelo. Por cierto, puedo garantizar que no les gusta mucho que te acerques a ello. Lo intenté con un macho dominante, siempre manteniendo una distancia prudencial y con el simple objetivo de hacer una foto, y acabó mostrándome sus larguísimos y afilados colmillos. Quizás por eso una parte de las mujeres del grupo tenían miedo en esa visita.

Para terminar la jornada el guía local decidió que volviéramos a la ciudad y cogiéramos unos tuc tucs para ir a dar un corto paseo por el centro. Paramos junto a la torre del reloj erigida en 1912 para recorrer a pie el Sardar Bazaar, que ya habíamos visto desde lo alto del fuerte. Sin duda se trata de uno de esos mercados coloridos que hay en estas ciudades aunque a esas horas muchos ya estaban recogiendo. Llamaban la atención las especias y las abundantes tiendas de telas de vivaces colores. Por cierto, hablando de color. A Jodhpur la denominan la ciudad azul y pude darme cuenta de por qué cuando estaba en lo alto de la fortaleza. Un buen número de las casas de la ciudad están pintadas de azul y ofrecen una preciosa estampa. Las primeras casas fueron pintadas así por sus dueños, que eran brahmanes, la casta más alta, para homenajear al dios Shiva, que tiene el cuerpo azul, pero sobre todo para indicarles a los habitantes de castas más bajas que no podían acercarse. Ahora todo el que quiera puede pintar su casa de ese color. Otras razones del azul son mantener las casas frescas y, dicen, repeler a los mosquitos, que no me cabe duda que debe haber en cantidades astronómicas. Las estadísticas dicen que en verano en Jodhpur, la puerta del desierto del Thar, se alcanzan los 45 ó 50º.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Pasaje a la India... con billete de vuelta- Sexto día

El hotel de Jaisalmer tiene unas habitaciones que están en patios abiertos, jardines y una piscina. Esto último no es nada especial, puesto que los otros también la tenían, pero hablo de ella porque es la única en la que pude bañarme. Pero vayamos por partes. Después del desayuno, en buffet como era habitual, salimos otra vez hacia Jaisalmer acompañados de un guía local.

La primera visita fue a mis amigos los peces gatos, hambrientos como siempre. Como la noche anterior había gente en la orilla dándoles trozos de pan que ellos agradecían a su modo y en aquel momento me dio por pensar en unos críos que la tarde anterior pedían comida en las calles sin que nadie les mirara a la cara. Eran nómadas y se dice de ellos que todo lo que les das lo venden pero eso no obsta para que en la India haya gente que pase hambre y merezca más un pedazo de pan tierno que un pez feísimo. Por nuestro lado pasó un perro, el más flaco que he visto en mi vida, con los huesos completamente marcados. En la India apenas ni hacen caso a los perros, siendo chuchos callejeros la gran mayoría, y de los gatos mejor ni hablar. Creo que sólo vi cuatro y uno de ellos muerto en plena calle y sin cabeza, entre un buen montón de basura (horrible visión). Casi nadie del grupo se atrevió a acercarse a la orilla del lago. Está visto que no sólo a mí me daban asco los pececitos en cuestión aunque con la diferencia que yo me hice una foto junto a ellos (puaggg). Aprovechando que estábamos allí entramos en el pequeño templo dedicado al dios Shiva, descalzándonos previamente como siempre. Lo que más me llamó la atención era la gran cantidad de murciélagos que había dentro, colgados cabeza abajo, durmiendo la siesta a primera hora de la mañana.

Después fuimos hacia el fuerte y recorrimos las calles que habíamos visto por libre la tarde anterior con la novedad de poder entrar en los templos jainistas. Se trata de un conjunto de edificios hermosamente decorados. Sus seguidores tienen unas reglas estrictas y destacan por su doctrina de la no violencia, ni contra hombres ni contra animales. Es por eso que los sacerdotes se tapan la boca antes de limpiar las estatuas de los templos por si se les mete algún bichito en la boca y se lo tragan sin querer y barren antes de sentarse en alguna parte. Nunca se han dedicado a la ganadería ni a la agricultura, en el primer caso por motivos obvios y en el segundo porque al cavar para plantar se puede matar a un bichillo (un gusano por ejemplo). Por lo tanto los jainistas siempre han sido entre otras cosas ricos comerciantes. Por cierto, Gandhi era jainista y de ahí su obsesión por la no violencia. No es que un día se levantara con ello, es que su religión se lo dictaba. Y otra curiosidad, para ser monje jainista uno debe arrancarse uno a uno y con la mano todos y cada uno de los pelos del cuerpo. ¿A que dan ganas de hacerse monje?. Pues, alucinad… se repite al cabo de los años, no basta con hacerlo una vez.

Después visitamos tres havelis, los más importantes de la ciudad, y delante de uno de ellos vimos a un hombre que destaca por su larguísimo bigote. No dudó en desplegarlo para nosotros ni yo en hacerme una foto cogiéndolo de un lado. En uno de los havelis, después de subir a la terraza para ver el panorama de tejados, nos esperaban para enseñarnos colchas y pañuelos. Se negaron a rebajarnos ni una rupia del precio que nos daban a pesar de nuestra insistencia. ¿Qué hicimos?. No comprar. Somos españoles pero no tontos.

Volvimos al hotel al mediodía a tiempo para comer por nuestra cuenta en el buffet del restaurante algunos y otros picar alguna cosa junto a la piscina y para bañarnos después. El agua de la piscina estaba templada y creo que pocos del grupo se resistieron a meterse aunque fuera un rato. Allí me hubiera quedado toda la tarde de no ser porque tenía que prepararme para ir a Khuri.

Se trata de un lugar donde no hay nada más que un buen montón de dromedarios (que no camellos) esperándonos para darnos un paseo por las dunas. Con anterioridad ya me había encargado de decirle al guía que no quería subirme. Es la tercera vez en mi vida, después de Túnez y Egipto, en que me lo han ofrecido y la tercera que lo rechazo. No me hace ninguna gracia ir ahí arriba aunque sé que a mucha gente le apasiona. En fin, cosas del vértigo y de ni fiarme de la locura de esos lindos bichillos patilargos.

Por un motivo que explicaron de los tres carros que debían tener preparados para los que no gustábamos del camello sólo tenían uno. Pero ¡ay!... lo que sentimos al ver el carro. Una especie de tabla asquerosa recubierta con una manta y con ruedas tirada por un dromedario. Su altura hacía que el carro se inclinara mucho hacia atrás. Vamos, que no daba muy buen rollo que digamos. Y para colmo pretendían que otra chica y yo subiéramos al nuestro sin amarrar la manta con una cuerda, como debía ser. Me negué a subir hasta que no la pusieran. Lo que hace haber estudiado tanto prevención de riesgos. Y para ello tuve un desencuentro con el guía local, que me decía que no era necesaria pero que después en su carro iba bien agarradito a ella. Conseguí mi propósito y la famosa cuerda me vino muy bien para aguantar la mochila y poder ir tranquilamente haciendo fotos.

El paseo por las dunas fue cuanto menos curioso. Perseguidas por nómadas (un par de chicas de los cuáles nos merecieron poca confianza porque miraban atentamente las mochilas) y algunos chicos que querían vendernos bebida y sufriendo los pedos del dromedario, afectado de diarrea. Poneos en mi situación. Sentada de lado en un carro y escuchando los ruidosos pedos de un animal cuyo culete estaba muy cerca de mí. Por suerte no me llegó el olor. No lo puedo ni imaginar.

El objetivo del paseo era llegar a un punto de las dunas donde bajamos y esperamos sobre la arena a que anocheciera. Vamos, aprovechamos para hablar unos con otros. Y de vuelta otra vez con mi amigo Pedorrete aunque mucho más recuperado.

Pasaje a la India- Quinto día

A las 7 de la mañana y antes del desayuno cogimos unos jeeps en la puerta del hotel para ir a visitar el Parque nacional de Gajner, la segunda cosa que dije que destacaba en el pueblo. De todos los coches que había me quedé con el más viejo y roñoso pero sin duda mucho más típico que los otros. Y no fue tan mala elección en mi caso ya que entraba el aire por la ventanilla sin cristal y podía sacar la cámara fácilmente para hacer buenas fotos.

Nos acompañaba un hombre del hotel, como una especie de guardia de seguridad, que en inglés y muy bajito nos indicaba si veía algún animal. La idea era ver pájaros y nada más empezar aquello pintaba muy mal. Una especie de gorrión y algún pesado pavo real de los que por la noche, otra vez, nos habían dado la lata no eran precisamente los exóticos animales que esperaba contemplar. Para eso me habría quedado en casa. Pero… ¡falsa alarma!. A los pocos minutos nuestro acompañante nos llama la atención sobre un animal de cuatro patas que se veía a lo lejos. Miramos con atención y ¿qué vimos?. Pues nada más y nada menos que una gacela, algo mucho más llamativo que un simple gorrioncillo. Dicen en las guías de viaje que en el parque habita el antílope negro. No soy una experta naturalista como para poder distinguir esa especie (y menos a tanta distancia) pero algo así parecían ser la gacelita y los compañeros que aparecieron poco después.

Como estábamos en la India no pudimos evitar ver algunas vacas vagando por allí pero para que no nos quedara mal sabor de boca antes de acabar la excursión encontramos también un buen puñado de jabalíes y un zorro del desierto (hay quien dice que más de uno). La salida, al fin, resultó divertida, provechosa y pudimos disfrutar, además, de unas vistas muy bonitas de nuestro hotel desde el otro lado del lago.

Después de desayunar partimos rumbo a Jaisalmer. Como hay bastante distancia tuvimos que parar a mitad de camino para comer. Nunca he visto sacar tantas patatas fritas en un restaurante como aquella vez. Nos lanzábamos sobre ellas como lobos hambrientos y ni siquiera el delicioso pollo tandoori nos hacía olvidar nuestra ansia de comer algo tan bueno y sin picante.
Llegamos temprano y felices al hotel Fort Rajwada de Jaisalmer. Nos recibieron con una bebida y al ver una bandeja de las famosas bolitas dulce corrí a coger una para merendar. Después de dejar las maletas en la habitación cogimos un tuctuc para ir a la ciudad, de la que nos separan unos dos kilómetros (o eso dicen porque yo creo que son algunos más). Por cien rupias nos dejó al borde de la muralla.

Jaisalmer es una ciudad muy hermosa pero también puede resultar agobiante. Eso es lo que me pasó a mí después de tres horas de paseo. Tengo que decir en su defensa que tengo cierta “alergia” a las ciudades del estilo musulmán. Me explico. No puedo soportar aquellos lugares (y eso ocurre mucho en Estambul, Marruecos o Túnez) en los que los vendedores te atosigan todo el tiempo para que compres objetos que no has de usar para nada, en los que las motos van por todos lados sin control y donde la gente te pregunta lo que sea aunque ni siquiera le interese lo que les puedas contar. Si a eso le añadimos la más absoluta suciedad y las vacas sueltas imaginad el panorama. Quizás ahora lo que he dicho ha sonado algo racista o urbanita; no era mi intención, pero resulta complicado hacerles entender que los turistas también queremos tranquilidad y que somos plenamente capaces de mirar algo si nos interesa sin que haga falta que nos griten sin cesar al oído.

Pero hablaba de las vacas y es que, aunque las había visto pasear por la carretera, nunca antes en el viaje las había tenido tan cerca ni en un número tan numeroso. Soy una persona miedosa. Temo a las alturas, a los aviones, al mar, a las tarántulas y a mil cosas que no vienen al caso. Sin embargo todavía no ha llegado el día en que le tenga miedo a una vaca, por muy grandes que tenga los cuernos (y os puedo asegurar que las indias tienen los cuernos enormes). No se puede decir lo mismo de los toros aunque a su lado pasaba con tranquilidad y con aquella norma de “no me toques, no te tocaré”. Y parecía que funcionaba excepto cuando sus rabos se meneaban de un lado a otro para espantarse las moscas.

Todo parecía ir bien en mi relación con la especie bovina… hasta que me encontré con ella. Era joven aunque de un tamaño ya considerable, blanca y estaba loca. Sin comerlo ni beberlo, cuando parecía que sólo paseaba, se acercó a mí y a traición me golpeó con la cabeza en el costado. Dolió, no puedo decir que no. Pero aún pienso lo que hubiera podido pasar de haber tenido largos y afilados cuernos en lugar de aquellos cuernecillos incipientes.

Pero hablemos de la ciudad. Jaisalmer fue en el pasado un importantísimo centro de paso de las caravanas a Afganistán y a Asia. En el siglo XVII ricos mercaderes ordenaron la construcción de bellísimos palacios, los havelis. Una de las mayores atracciones de la ciudad, además de la fortaleza, son esas mansiones de fachada de piedra ricamente labrada con hermosos balcones en saledizo y celosías. Y no podemos olvidarnos de los templos jaimistas o del complejo palaciego. En cuanto al fuerte ¿qué decir?. Es simplemente espectacular a la par que delicado. Y es que al establecer tantos hoteles y restaurantes dentro y ser el único en todo el país que permanece habitado el agua está debilitando la piedra y amenaza con destruirlo. Sería una pena y una gran pérdida que eso ocurriera. Hoy por hoy todavía es posible dar la vuelta casi completa a la muralla y ver la otra parte de la ciudad desde arriba.

Para todo aquel que visite Jaisalmer le recomiendo que no deje pasar la oportunidad de ir al otro lado, a la orilla del lago Gadisagar. Se trata de una reserva de agua construida en el siglo XIV, rodeado de ghats (escalones) y templos. Una de las puertas la mandó construir una cortesana, lo que provocó la furia de la Corte, que quiso derribarla. Entonces ella ordenó poner una imagen del dios Krishna para coronarla por lo que no sólo no se pudo tirar sino que todo el que pasara por debajo quedaba obligado a inclinarse. El lago y sus alrededores son muy bonitos pero lo que verdaderamente llama la atención es el espectáculo que tiene lugar en él a todas las horas del día. Ciertos jóvenes te reciben ofreciéndote bolsas de pan que los indios no dudan en comprar para alimentar a los peces más feos y repugnantes que he visto en mi vida. A todo el que no haya visto en su vida un pez gato le diré que se trata de un animal grande y baboso con bigotes y una boca enorme. Imaginad a cientos de ellos, unos sobre otros, incluso saliéndose del agua, con la intención de coger un trozo de pan. Todas aquellas bocas juntas abiertas es algo que no se olvida fácilmente. Y una no podía dejar de pensar en que ojalá no resbalara y cayera encima de esos bichos.

No puedo decir que disfrutara mucho de mi tarde en Jaisalmer y la débil pero impertinente lluvia que nos cayó encima no ayudó mucho. De todos modos diré que el fuerte y los havelis son magníficos.

martes, 7 de septiembre de 2010

Pasaje a la India... con billete de vuelta

Cuarto día.

La noche pasó lentamente, penosamente. Un ruido, como un quejido, no nos permitió descansar como hubiéramos querido. Una vez que me hube adecentado (todo lo mejor que pude, con mi largo y escotado vestido azul) decidí salir de la habitación y subir las escaleras que llevaban a lo más alto de esa torre.

En la terraza las vistas eran espectaculares, no cabe duda. Más abajo, azul, impecable, una piscina de agua limpísima invitaba a un baño que no nos dimos. Pero lo que llamó mi atención fue el origen del ruido que nos había acompañado toda la noche. Posado en una rama cercana un pavo real, esbelto y colorido, se comunicaba con otro que estaba sobre otra terraza. De haber tenido una escopeta juro que ni su belleza me hubiera impedido dispararles y hacerles ir a parar a la cazuela. No os podéis imaginar cómo llega a cansar escuchar su gritito durante horas. El guía me aseguró que no era época de celo; no quiero ni imaginarme lo que puede ser tener a todos esos bichitos cerca de tu habitación lanzando berridos para atraer a las féminas. Pero no creo que me dejaran matarlos. El pavo real es el ave nacional de la India. Tan sagrado como las vacas.
Después del desayuno y algunas fotos salimos a la calle para ver a la luz del día por dónde habíamos tenido que subir la accidentada noche anterior. La verdad es que no nos pareció que estuviera tan mal. Incluso circulaban algunos autobuses por lo que la pregunta era ¿por qué el nuestro no?. A día de hoy aún no hemos obtenido respuesta.

Alsisar es un pueblecito pequeño con algunas casas tipo haveli, un par de pequeñísimas tiendas y algunos vecinos que nos miran con curiosidad. El mismo sistema para llevar las maletas es curioso. Dos risueñas dromedarias tiraban de sendos carritos cargados en los que nosotros hubiéramos ido divinamente por la noche sin ensuciarnos.

Cargadas ya las maletas en el bus no volvimos a parar hasta tres horas más tarde y después pasada la una del mediodía para comer, ya en Bikaner. Nos llevaron a un restaurante donde comimos de buffet macarrones, arroz, pollo asado y algunas otras delicias y de postre arroz con leche con sabor a coco y los siempre presentes plátanos.

Después de reponer fuerzas fuimos con el guía local a visitar el fuerte Junagarth. Bikaner, en pleno Rajasthan, está en cerca del desierto del Thar y se dice que las precipitaciones allí son muy poco abundantes. Además hace muchísimo calor, cosa que puedo atestiguar. La ciudad lleva, como otras muchas, el nombre de quien la fundó, en este caso Rao Bika (el nombre de la ciudad significa asentamiento de Bika), en el siglo XVI. El edificio más importante es el fuerte ya citado. Es uno de los más bonitos que vimos en el recorrido y probablemente también uno de los más desconocidos. Se construyó en el siglo XVI a instancia del rajá Rai Singh y sus muros de arenisca tienen un perímetro de casi un kilómetro, 37 bastiones y un foso. Eso, unido a la presencia del desierto, hace que el fuerte no haya sido conquistado y que se mantenga en ese excelente estado de conservación. Dentro, y subiendo y bajando sin parar, recorriendo multitud de pasadizos, fuimos descubriendo los distintos palacios que el fuerte encierra y que son un total de 37. El más bonito de todos ellos es el Anup Mahal, construido en 1690 por el maharajá Anup Singh como salón de audiencias privadas y decorado con posterioridad con el esplendor de una corte de las mil y una noches. Los muros de cal están recubiertos de laca roja y dorada, espejos y pan de oro. Puedo asegurar que el resultado es maravilloso.

El salón de audiencias públicas se llama Karan Mahal. Se construyó en el siglo XVII y también está ricamente decorado. Otros palacios son el Chandra Mahal (palacio de la luna) y el Phool Mahal (palacio de la flor), donde está la curiosa cama de patas bajas donde dormía Rao Bika y que le permitía, al tener los pies apoyados en el suelo, defenderse de ataques de enemigos en plena noche, algo que al parecer ocurría a menudo en las cortes de la época.

Es francamente bonito el Badal Mahal (palacio de las nubes), decorado en azul y blanco con pinturas de nubes, relámpagos y tormentas. Tenemos que tener en cuenta que Bikaner está próximo al desierto y que en un lugar tan seco la lluvia ha de ser muy deseada. El sultán se había hecho instalar una especie de sistema de aire acondicionado. Determinado mecanismo permitía que le salpicara agua y eso, unido a la visión de las pinturas, daría la sensación de que llovía. Es por eso que se ha pensado que podría haber sido utilizado para que el rey ejerciera algún tipo de ritual de llamada a la lluvia.

En el fuerte hay otros muchos rincones que merecen ser visitados o explorados. Y sin duda es espectacular la vista desde alguna de sus terrazas.

Después de la visita, y completamente sudados, el guía (más sudado que nosotros) decidió llevarnos a ver un taller de tejidos de la zona. Vamos, uno de esos sitios donde vas, te tomas una bebida, te enseñan el producto y luego intentan venderte algo. He de reconocer que tenían cosas muy bonitas, sobre todo colchas y telas para cubrir el sofá. Y por la cantidad de gente que compró deduzco que no era tan caro. Personalmente no compré nada quizás porque no me gusta ir tan cargada y la ropa sola ya roza los 20 kilos permitidos por las compañías de aviación. Lamenté, no obstante, no poder ver algo más de la ciudad pero bastante temprano abandonamos Bikaner para ir a Gajner, donde se ubica nuestro próximo hotel.

Gajner, a 30 kilómetros al noroeste de Bikaner, sólo destaca por dos cosas. La primera y más importante es el Summer Palace, un palacio que sirvió como pabellón de caza a los maharajás y que hoy se ha convertido en heritage. En fin, era nuestro hotel. A primera vista es un lugar precioso. Son varios edificios de arenisca roja rodeados de jardines y frente a un lago. Las habitaciones, enormes, están separadas de la recepción. Puedo hablar de la mía para decir que era muy grande. Por un lado estaba la habitación propiamente dicha, con la cama y dos sofás, uno al pie de una chimenea blanca. Por un lado se entraba a un pequeño cuarto donde estaban el armario y la nevera y que daba paso al cuarto de baño. Por el otro se accedía a otra pequeña habitación con un sofá cama. En fin, una habitación de lujo dispuesta para varias personas.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Pasaje a la India... con billete de vuelta- 3ª parte

Tercer día.

A las 8 de la mañana abandonábamos el hotel Taj Palace y empezábamos el recorrido por el país propiamente dicho. Y entonces pudimos ver el caos circulatorio que el día anterior sólo habíamos intuido. Montones de coches, motos, tucs tucs, autobuses y camiones (estos muy decorados), cargados hasta los topes, se amontonaban a la salida de la capital haciendo que un trayecto corto se convirtiera en eterno. Es costumbre en la India hacer sonar la bocina continuamente. Tanto es así que incluso los camiones llevan escrito por la parte de atrás un mensaje incitando a pitarles.

Los adornos que llevan los tuc tucs y los autobuses a veces rozan lo hortera y no se puede decir que desaprovechen el espacio porque llevan unas veinte personas, algunas agarradas como pueden, cuando son de cuatro y otros personal sentado encima. Me pregunto qué clase de comodidad pueden encontrar en viajar así pero desde luego, repartido entre todos, debe ser barato. Y allí no tienen dinero para gastar innecesariamente. Muchos autobuses van tan llenos que tienen que llevar la puerta abierta incluso circulando. Resultaba muy curioso también ver el sistema de peajes. Si bien algunas veces está dispuesto como en España, con sus casetas, otras muchas veces es un parón en medio de la nada donde un tipo cobra la tasa correspondiente por el cambio de estado (o por lo que sea) mientras otros veinte le contemplan. Y es que las zonas pobladas, las supuestas áreas urbanas, son a veces dos o tres chabolas, cuatro a lo sumo, con algunos hombres sentados a las puertas de una tienda minúscula y desordenada. No trabajan, no parece que lo hagan a menudo. Simplemente están sentados tomando té, jugando a las cartas o hablando. Ver pasar un autobús con occidentales es el acontecimiento del siglo y te miran mucho.
Por primera vez (y pensar que el primer día hasta las eché de menos) vi vacas. Montones y montones de esas vacas que en la India son sagradas. Nos dijeron que casi todas las que vemos en Delhi están abandonadas pero las que vimos en el resto del viaje tienen dueño. Las ordeñan por la mañana, recogen el estiércol y las dejan para que campen a sus anchas y coman lo que puedan hasta la hora de cenar.

Las vacas en India son sagradas porque se les considera como una madre por el hecho de proporcionar leche. Además existe la creencia que muchos de sus numerosísimos dioses habitan en distintas partes de ese animal. Así se les protege en el sentido de no matarlas y se aprovecha su leche y sus excrementos.

La primera vez que ves vacas en India te sorprendes por su “cara dura”, porque pasean por donde quieren y se ponen a dormir incluso en medio de las autopistas, y por lo “feas” que son. Acostumbrados a nuestras preciosas y regorditas vacas lecheras, ver una vaca india, con su joroba y con los huesos muy marcados, puede llegar a producir incluso repulsión. Al final te acostumbras a su aspecto y te das cuenta de que las hay más gordas pero igualmente entrometidas.

No todo el ganado bovino de la India es así. Abundan también los búfalos de agua, mucho más gordos y lustrosos y todo el tiempo buscando aunque sea una mínima charca para meterse dentro. Ya conocíamos a esos animales porque el año pasado, haciendo un crucero por el Li, en las cercanías de la ciudad china de Guilin, vimos muchos.

Al mediodía paramos (y fue un placer descansar del bullicio de la carretera) para comer. El pollo tandoori, esta vez sin una salsa sospechosa, hizo las delicias de todos nosotros. El arroz blanco fue también muy solicitado por eso de que no pica y encima nos previene de las tan temidas diarreas. De postre nos dieron los eternos plátanos, que se venden por todos lados, y probamos por primera vez un dulce típico que se llama gulab jamun. Se trata de unas bolitas de masa (luego he sabido que de leche de búfala y vaca con harina) fritas y mojadas en un sirope de semillas de cardamomo con agua de rosas. Está muy dulce pero es bastante bueno.

Tardamos mucho más de lo previsto en llegar a Mandawa, ciudad que vivió sin duda un pasado esplendoroso del que no queda más que una sombra. Antaño formó parte de la Ruta de la seda y es por eso que conserva tantos havelis, hermosas casas-palacio decoradas profusamente con pinturas que en su mayor parte han perdido el color. Aunque se nos dice que se han restaurado muchas de ellas, la verdad es que queda mucho por hacer.

El pueblo se cae. Sí, se cae a pedazos. Los havelis se caen. El baño público está habitado por ratas que no tuve el placer de saludar. Pero todos se mueren por vernos, por hablarnos, y principalmente por vendernos algo. Los niños del pueblo nos persiguen con cualquier excusa y nos hablan, algunos en un perfecto castellano, de su vida, de cosas del pueblo, de sus familias. Un niño con el brazo completamente quemado quiso hacerse mi amigo, sin duda con la intención de pedirme o venderme algo. Y la advertencia de que no hablemos con ellos no sirve de mucho porque allí siguen.

Visitamos dos havelis, uno de ellos bellísimo, que exploramos rincón a rincón asesorados por un muchacho del pueblo que nos hacía de guía y que explicaba bastante bien y en nuestro idioma. Me dio la sensación de que Mandawa no es un lugar demasiado frecuentado por los turistas y como dijo uno de los niños sólo tiene vida en la calle principal; el resto está completamente muerto a menos que aterricen los turistas y todos los chiquillos les persigan. En un momento determinado tuvimos que pasar por una calle completamente encharcada. Para no mojarnos los pies teníamos que pisar encima de piedras. No miento si digo que medio pueblo se concentró allí para vernos pasar con una media sonrisa en el rostro. Verla también en la cara del guía local me hizo pensar que podrían habernos llevado por otra calle pero que hubiera sido una pena perderse el espectáculo de los turistas pasando sobre piedras o mojándose los pies.

Un bebé sentado en la puerta de una casa, desnudo de cintura hacia abajo y con pulseras con cascabeles en muñecas y tobillos (deduzco que a modo de protección contra el mal de ojo y en parte muy cómodo para las madres, que pueden saber dónde está el crío por el ruidito), llamó mi atención y quise hacerme una foto. Pero el niño no parecía estar tan entusiasmado como sus vecinos más mayores porque apartó mi mano de su hombro y sale en la foto con cara de pocos amigos. Una pena. Di con el bebé más raro de todo Mandawa.

Los motivos en las paredes de las casas son espectaculares y mezclan lo más tradicional de la India (elefantes, bailarinas) con elementos modernos como los primeros coches o aviones. Sencillamente hermosos aunque deteriorados.

Abandonamos Mandawa para recorrer unos escasos 35 kilómetros hasta el hotel de Alsisar. No miento. Tardarmos una hora y media, circulando por una carretera medio destrozada y con un terrible aguacero que duró poco por fortuna, en llegar. Y cuando lo hicimos nos esperaba una sorpresa. Había dejado de llover pero allí todo se encharca enseguida y Alsisar no es más que un pequeño pueblo… sin luz. Cuando el autobús se detuvo pensamos que había parado a las puertas del hotel pero no tardamos en saber que no, que allí tendríamos que llegar a pie, alumbrados por una simple linterna que llevaba un encargado de nuestro alojamiento y pisando montones de barro que no veíamos. Una odisea. No puedo deciros la cantidad de barro que había porque no lo veía pero mis zapatos se quedaban atrapados dentro (y no era ni de las que peor caminaba y de las que iban detrás). El caso es que el guía se equivocó de hotel y cuando le avisamos del error ya le habían sacado unas llaves por una reserva inexistente.

No tuvieron la amabilidad de venirnos a buscar ni con un coche ni con el carro con el que llevaban las maletas pero nos recibieron con una fanfarria y con una bebida que no supe identificar. Y sentados en el patio, llenos de barro hasta las orejas, bebiendo, con el punto en la frente, nos quedamos a la espera de las llaves.

En defensa del hotel diré que está en un enorme edificio que era el antiguo palacio de un maharajá. Y las habitaciones así lo atestiguan. Enormes, desde luego. Y hubiera sido perfecta de no haberse dejado la ventana abierta mientras llovía a cántaros. Todo el suelo estaba lleno de agua, tanta que tuvieron que darnos otra habitación quizás un poco más pequeña que la anterior pero en palabras del hombre “digna de un rey”.

Cenamos el grupo entero en el comedor del hotel, el que había sido el comedor de palacio, decorado como tal y sintiéndonos reyes y reinas. Los camareros nos colmaban de atenciones y, al hablar de las parejas de los reyes, uno de ellos casi sufre un colapso al saber que en España un hombre puede casarse con un hombre y una mujer con una mujer. No es posible, no es posible, me repetía en inglés. Y yo le insistía en que sí era posible.

La cena fue muy buena aunque más o menos igual que siempre (pasta, arroz blanco, patatas condimentadas, plátanos, gulab jamun, etc). Y después nos ofrecieron (eso sí, al final pidieron propina) un espectáculo de marionetas, muy típico en ese país, en uno de los patios del palacio.